"EL TELEFONO" (Augusto Mario Delfino)


Sobre la mesita del pasillo, el teléfono está silencioso desde las cuatro de la tarde.  Hebe lo mira, y le dice a Berta, su hermana menor:
-Nadie ha llamado.
Berta alza levemente los hombros y al mirar, a su vez, al teléfono advierte sobre la mesita las rosas mustias en un florero de cristal.  Están ahí desde anteayer.  Las trajo Hebe.  Lo recuerda minuciosamente, detalle por detalle.  Eran las ocho y media de la noche.  Hebe llegó de la calle. Traía las rosas envueltas en un papel transparente.  Antes de besar a la madre, que en el living leía el diario; antes de saludarla a ella, tomó el florero, fue a la cocina para llenarlo de agua, volvió y cuando había empezado a colocar las flores, sonó la campanilla del teléfono.  Hebe atendió.  Berta le oyó decir:
-Sí, papá.  Que comas bien.  Que te diviertas.
Entonces, Berta se acercó a la hermana.
-¿Avisó que no viene a comer?
-Lo invitaron unos amigos. Decíselo a mamá.
A las nueve y cuarto se sentaron a la mesa, las tres.  Encendieron la radio; conversaron de cosas sin importancia, imprecisables.  Eran casi las diez cuando llegó Alberto, el hermano, quien, con su tono de siempre, que tanto puede ser alegre como despreocupado, atajó el fastidio de la mucama:
-Amelia: sírvame todo junto y lo más frío que sea posible. Quiero terminar cuanto antes, porque esta noche va a ser la noche más
importante de mi vida.
La madre lo miró como reprochándole: "¿Cuándo dejarás de ser un chiquilín?", pero nada dijo porque sabe que Hebe y Berta le festejan sus ocurrencias.
Acababan de tomar el café cuando sonó el teléfono. Atendió Amelia.
-Es para usted, niño.
-¿No les decía? -se jactó Alberto.  Y salió del comedor como si ya lo estuviese contemplando una de sus amigas.  Las cuatro mujeres le oyeron decir -¿Pero es posible? -después nada pudieron escuchar, porque él habló con voz muy baja.
Volvió pálido, brillantes los ojos.
-¡Alberto! -lo interrogó la madre-. ¿Qué te pasa?
-Un amigo, mamá.  Tal vez mi mejor amigo, Acaba de sufrir un ataque.
-¿Quién es? -le preguntó Berta.
-Ustedes no lo conocen.
Hebe nada dijo. Se levantó, fue a su dormitorio, se aisló mientras la madre, la hermana, la mucama y la cocinera -mujeres, ahora, confundidas por el secreto de Alberto en la ciudad y la noche- elegían la víctima, sumaban o restaban gravedad, hablaban de fatalidad y alarma.
Eran más de las once cuando sonó el teléfono.  Atendió Berta.  Hebe, que se había tendido en la cama, se incorporó, prestó atención.  La voz de la hermana le confirmó la sospecha.  Salió de su cuarto cuando Berta decía:
-No, Alberto, no.  Me estás ocultando algo -cuando la madre gritaba:
-¿Qué dice? ¿Qué dice? -cuando Amelia, despertada por el ruido de la campanilla, apareció envuelta en su batón con grandes flores rojas.
Berta colgó el auricular.  Su mirada eludió la mirada de la madre, encontró la mirada de Hebe.
-Papá es el enfermo.
-Lo sabía, dijo Hebe.
Después, todo fue esperar.  La madre aceptó cuanto le decía Amelia para alentarla, para despreocuparla; ella misma se estimuló con el recuerdo de una noche de hace treinta años.  Hebe era recién nacida.  El marido había salido: la primera vez que salía de noche en siete meses.  Ella, se había quedado dormida en un sillón, junto a la cuna de la niña.  La despertó el teléfono.  Un amigo llamaba para decirle que no se asustase, que Juan había sufrido un desvanecimiento, que lo habían llevado a la Asistencia Pública y que volvería a su casa en cuanto se le pasara la descompostura.  Cuando el amigo cortó la comunicación, ella gritó, gritó mucho, hasta alarmar a los vecinos, que golpearon inútilmente la puerta.  Cuando Juan, poco más tarde, entró, ella estaba caída en el suelo, ya casi sin pulso.  Berta, que había oído muchas veces la historia, la escuchaba ahora sin prestarle atención.  Estaba pendiente del teléfono.  Hebe, encerrada en el cuarto de baño, dejó correr el agua para que el ruido cubriese sus sollozos.
Amanecía cuando llegó Alberto.  Llegó con dos amigos.  Nada dijo.  Tendió los brazos hacia la madre, lloró.  Después, Berta lo recuerda mientras ve a Hebe que toma el florero, que recoge los pétalos caídos sobre la mesita, todo fue simple y extraño. La mañana trajo mucho cansancio.  Y un sueño pesado, pesado, contra el que tuvo que luchar.  Amelia entró con el diario, pasó con las botellas de la leche, sirvió café, levantó las persianas.  Alberto había salido. Cuando volvió, preguntó por la madre.  Hebe le dijo:
-Está dormida. Le hice poner otra inyección.
Alberto les pidió que se encerrasen en el dormitorio, que no salieran hasta que él no les avisara.
Una hora, -dos horas, tal vez- más tarde, les dijo:
-Ahora pueden ir.
Berta querría olvidar. Querría borrar un día y una noche y mediodía más; no acordarse de su casa llena de gente; llena de flores; de su casa con pocas personas que hablaban en voz baja.  Querría olvidarse de Hebe alejándose de Horacio, su novio; de Hebe que, tomándola del brazo, la llevó a la cocina y allí, entre pocillos con restos de café, la asombró al decirle:
-¿Te acordás de Enrique Arenal? ¿Cómo no te vas a acordar?  Claro que vos eras muy chica.  Tenías doce o trece años.  Era aquel muchacho que vivía al lado de casa, en la calle Serrano.  Me gustaría que estuviera acá.
¿Qué le ocurre a Hebe? ¿Fue posible que en una noche así le hablase de tan hombre lejano? Sin duda, lo mandó llamar.  Enrique Arenal debe ser ese desconocido que apenas cambió dos palabras con Alberto.  "¡Qué cambiada está Hebe!  Será, mejor que rompa con Horacio. ¿Para qué seguir algo que terminaría haciéndolos desdichados a los dos?  Pero aún es muy pronto -se dice-.  Papá le tenía afecto a Horacio. Romper ahora con Horacio sería como traicionarlo a papá."
Hebe ha vuelto con el florero vacío.  Berta no tardará un minuto más en pedir qué no cometa esa traición.
-Hebe... -le dice.
Suena la campanilla del teléfono.  Como quien arrebata un arma de la mano del enceguecido, Berta se apodera del auricular.  Hebe se lo quita con decisión, con dulzura.
-Atiendo yo. ¡Hola! -exclama. Y enmudece. Palidece. Las palabras que escucha son como una palpitación en sus mejillas. Van acentuando su palidez.  Los labios, de los que ha desaparecido la sangre y que se ven pálidos a través del rojo postizo, grasoso, apenas insinúan un movimiento.  La mirada de Hebe se fija en Berta, que se obstina en quedarse ahí.  Como quien cede después de un gran esfuerzo, Hebe asiente-: Sí, soy yo. Pero sí, te había reconocido. Tu voz es la misma. Sí, la misma. Pero no puedo creerlo. No; no puedo creer... Te lo confieso: me hace muy dichosa y al mismo tiempo me entristece mucho. ¿Bien, decís?  Todo lo bien que se puede estar después de esta cosa horrible que ha sucedido. ¿Un viaje? Querés consolarme. Un viaje es distinto. Un viaje tiene la esperanza de la vuelta. No; eso no puedo aceptarlo. ¿Cómo pensar en turnos cuando todos somos iguales?  Decir sí, es como condenar.  La pobre mamá... Está dormida -Hebe baja la voz.  Berta vuelve la cabeza como para asegurarse de que el silencio llena el resto de la casa. Sí, muchas drogas para hacerla dormir. Ya antes, de madrugada, parecía dormida con los ojos abiertos.  Hablaba como sin comprender que algo espantoso acababa de herirnos.  Más de uno, al verla, habrá pensado que ella no sufría. ¿Más cerca que nosotros, decís?  No te oigo bien. Sí; sé que no es ruido. Es todo lo contrario. Se borran tus palabras. ¡Hola! ¡Hola! Ahora sí te oigo. ¿Cómo podés  eso? ¿Cómo no habría de perdonarte?  La torpe soy yo, que no atino a decirte todo lo que debería decirte... Si yo no quiero otra cosa que saberte contento, feliz... ¿Y ese ruido? ¿Qué es ese ruido? ¿Trenes? ¿Me estás hablando desde una estación? ¿Y estás solo?  Pobre, pobre mío... Aquí, a mi lado, está Berta. Se lo diré. Se lo diré con tus mismas palabras. No; Alberto ha salido. Tenía cosas que hacer. Cosas urgentes. No; solas no. También está tía Carmen. Se quedará esta noche para acompañarnos. Y hace un momento se fueron las de Oddone. ¿Te acordás de las de Oddone?  Vivían a la vuelta de la calle Serrano.  María está muy vieja, pero es siempre la misma, parecida a lo que fue.  En cambio, ¡si hubieses visto a Elisa!  Un kilo de pintura en la cara, un mamarracho... Pero, ¿cómo te hablo de estas cosas? ¡Tan luego en un día como el de hoyl No; no lloro... ¿Por qué pensás que estoy llorando?  Te hace gracia, ¿no?  Crees que me pongo fea como cuando era chica y lloraba.  Pero vos... -Hebe llora.  Las lágrimas ruedan por las mejillas; forman, al juntarse, dos líneas brillantes.  Es que no puedo pronunciar esa palabra. ¿Miedo, decís?  Si yo siempre te quise.  Y te quiero.  No; ¡qué voy a encontrar en Horacio! Tal vez él no sepa que ya no es nada para mí. En una silla, ¡qué sé yo!, en la pared me pude apoyar, pero no en él. ¿Vas a cortar? ¡No cortes, por favorl No me dejes sola -sola, porque Hebe no ve a la hermana, que la está mirando con asombro, con piedad, con desprecio-. ¡Tengo tantas palabras de cariño que decirte todavía¡ No es lo mismo.  No es lo mismo que sepas.  Es necesario que las oigas. ¡Hola! ¡Holal ¿Me oís?  Es horrible, otra vez los trenes. ¿Qué te importa que ese hombre se acerque por el andén?  Está tranquilo.  No te preocupes por nada de eso.  Para eso soy fuerte. ¿Qué? ¿Nunca más? -Grita como si la golpearan-. ¿Nunca más?
-¡Hebe! ¿Estás loca? -le dice Berta-. Dame ese tubo. ¡Basta!
-Pero detiene su ademán cuando ve que su hermana sonríe, cuando ve en los ojos de la hermana el reflejo de una ternura que ella no comprende.
-¿Así?, buenas noches -repite Hebe-. Que descanses, sí; que descanses.
Coloca el auricular sobre la caja del teléfono, pero sin soltarlo.  La mano abre los dedos con el movimiento de un animal hermoso y extraño.  Berta está ahí.  Hebe la ve otra vez.  Dice Hebe:
-Era papá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tus comentarios son muy valiosos para mi. Gracais por hacerlo!